Prólogo de Valeria Montoya
«Sólo los chalacos manejan las patas como
se debe, mejor que las manos, ellos deben
haber inventado la chalaca, pero no es fácil,
cualquiera no levanta las dos patas a la vez y
las planta en la cara del enemigo».
Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros.
La escena comienza con la fascinación de la realidad puesta boca abajo, anhelando siempre voltear el eje para establecernos, queriendo dominar el malabar mediante del movimiento preciso, a través del espacio y del tiempo vertical; cuando, en realidad, la metodología de la chalaca, de la chilena, se inventó a través de un cambio de lógica.
Así, un tanto temerosos de la moción, hemos aprendido a capitalizar nuestros anhelos para creer ilusamente que, con los rituales cotidianos, dominamos el tiempo, creando nuevas necesidades aspiracionales.
90 minutos, a veces, pueden ser una eternidad.
Mientras tanto, la vida transcurre entre portamentos y mecanismos planetarios de especulación. Aun así, seguimos empeñados en volvernos expertos de la recreación, intentando representar lo más fidedignamente el movimiento de cada paso, de cada jugada. Creemos que lo más fácil sería concebir un plan: concebirnos como el plan de una ruta de vida aparentemente sincrónica, privatizada, vertical; cuando acaso sea mediante lo inarmónico que el ritmo genere el ritmo, que se anote el gol.
Aquello que llamamos «real» se ha puesto bocabajo y, tal vez, deberíamos tener por nuestra constante la permanencia de lo impuramente permanente. Cuánto más si “en el mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso” (Debord, Guy, La sociedad del espectáculo). Es en el desliz de la finta que los pasos en falso articulan el baile entero.
Hoy, 9 de noviembre del 2016, mientras escribo este prólogo poco convencional, Trump ha sido declarado el presidente electo de los Estados Unidos de América. También me enteré de que, dentro de un par de días, habrá un partido de fútbol entre «_iu es éi_» y México para las eliminatorias de Rusia 2018. El partido, considerado un clásico, me ha puesto a pensar en la irrealidad de los ciudadanos norteamericanos; en la aparente locura de quienes, en su mayoría blancos, han tomado la que parecería una decisión demencial: votar por un líder demente, convencidos, como están, de que Trump será su espectacular gol. Creo, no obstante, que, en realidad, esta jugada podría ser considerada como el más épico autogol de la historia del fútbol.
Optimista de lo fatídico, yo creo que en medio de lo demencial puede surgir una oportunidad para cambiar. Sí, Donald Trump ha ganado las elecciones. Eso quiere decir que todo, absolutamente todo, es posible. Tanto como anotar un gol de media cancha a un segundo de acabar el partido. Tanto como que esta decisión nos permita re-estructurarnos en nuestra propia capitalización para actuar en contra de la devastación social, para, tal vez «ingenuamente», hacernos más comunales, menos individualistas.
Los datos compilados en La FIFA en vacaciones conforman una especie de almanaque sobre la relación económica, territorial, racial y emocional que el balompié ha creado a través de momentos históricos y personajes puntuales.
En esta compilación, Daniel Escamilla realiza un mapeo dinámico de algunos acontecimientos que partieron de la cancha pero cuyos efectos se desplazaron más allá del terreno de juego. Este es un calendario asincrónico sobre la trascendencia sociocultural y afectiva del fútbol. Se puede leer sin un orden preciso.
Dividido en once tiempos, en once jugadores, el texto se entreteje a través de tres ejes principales de narración, los cuales abordan los efectos de la psicogeografía, el mestizaje de juego y género, y los afectos, capitalizados por un aparente jogo bonito.